miércoles, 10 de agosto de 2011

Picoteando en la grava con John Keats. Parte III




...la urna griega...

...que, como ya he enunciado, es ideal, inexistente. Y no es que lo diga yo por puro capricho, por hacer más fantástica la obra de John, sino que lo dice Sidney Colvin (1906), en su libros titulado con el apellido de nuestro querido poeta, remarcando que el desfile de vindicación dionisíaca es muy común en todas las figuras griegas, y que además se conserva en Holland House un vaso semejante al del sacrificio bucólico que John grafica en la cuarta estrofa; pero no hay urna existente que tenga ambos atributos juntos (procesión báquica y sacrificio). Imagino entonces a Keats soñando con llevar a la perfección lo que él mismo ya admiraba como perfecto.

Debo hacer constancia efectiva, antes de pasar a las consideraciones formales (mis preferidas) de mi preciada oda, que John siempre había tenido ese mencionado fervor por mejorar lo que ya de por sí era, a su consideración, sublime. La herramienta a utilizar para tal titánica empresa era, por supuesto, y cuándo no, la Imaginación. Veamos lo que le escribe a su amigo Haydon en 1817:"[Utilizar] la contemplación del sol, la luna, las estrellas, la tierra y sus contenidos, como materiales para formar cosas más grandiosas, es decir, cosas etéreas (pero aquí estoy hablando como un loco), cosas más grandiosas que las que nuestro Creador mismo realizó."[1] Ya para abril de 1819, momento de la Oda a una urna griega, John había paseado con su amigo Severn por varios museos londinenses, y su materia prima no era sólo la contemplación del sol, la luna y las estrellas, sino que se había hecho de materiales producidos a partir de esos elementos y, por lo tanto, más pulidos y perfeccionados. El sol ya estaba cantado en "I stood tip-toe...", su primera gran poesía, y la luna ya se había sublimado en Endymion, junto con las estrellas. Ahora llegaba el momento de llevar al límite la sublimación de las manufacturas estéticas; pero no de cualquiera: tenía que ser de la misteriosa Grecia de ninfas y deidades, de potestades míticas: John hacía del arte un Arte superior.

Ahora bien, ya entrando en el campo de lo formal, cabe plantear el tema que yo entiendo como principal, detrás de lo helénico, que era tema común en la época (Byron, Shelley, et. Al.): Keats toma la alegría de la Belleza eterna, inmortalizada en el vaso griego, y la salpica de melancolía, entendiéndola como elemento constituyente e inescindible de la alegría y, además, de todo lo eterno. Repasemos[2]: un grupo de "hombres o deidades", de "reticentes mujeres" se acercan a una suerte de sacrificio, cacería, o procesión báquica, guiados por un "misterioso sacerdote". En ese marco, Keats intenta oír la "suaves flautas" que resuenan silenciosas, comprendiendo que si "las melodías oídas son dulces, más aun lo son las que aun no se oyeron." Indaga así a los sonidos que hacen eco en su imaginaria urna, pidiéndole sonidos para el oído ávido, el oído etéreo que sólo escucha a través de la fantasía. Los árboles de la urna tallados, eternos, nunca pueden perecer, sus hojas jamás caerán; los oficiantes de la ceremonia jamás podrán partir de ese bosque silvestre de hojas perennes. El momento de júbilo es infinito, aunque dinámico en su esencia: "felices melodías" en las que "por siempre suenan las flautas con canciones siempre nuevas". No hay estatismo, pero sí inmutabilidad, ya que la felicidad no puede corromperse ni salir de su éxtasis por el hecho de que está grabada en mármol. A pesar de lo que digan: Ethos, no; Pathos, sí. La emoción para John nunca es estática, ni siquiera en su inmutabilidad, por paradójico que parezca a simple vista. En esta celebración de lo keatsiano, no podía faltar el amor, y en la tercera estrofa el poeta se aventura a lo idílico "¡Más feliz amor! ¡Feliz, feliz amor!/ Por siempre cálido y aún por ser disfrutado." La escena no puede cambiar, insisto; entonces, el auge del apasionamiento nunca declinará. Jamás se agotará esa felicidad imperecedera no que les es dada a los humanos. Pero, ¿es esto suficiente para definir la alegría inmarcesible? Pues no: falta el toque de gris en el lienzo: la ciudad de la que estas personas proceden, "junto al río o el mar, o construido en la montaña", quedó "vacío de gente en esta mañana sagrada/ Pequeña ciudad, tus calles por siempre/ quedarán silenciosas; ni un alma para decirte/ Por qué estás desolada retornará alguna vez." No, nadie volverá, pequeña ciudad. Tus calles quedarán por siempre pintadas de melancolía para que tus habitantes fluyan eternamente en el río inmutable de la felicidad marmórea. Cualquier queja o sugerencia, referirse a John Keats, Cementerio de Roma, Italia. Y falta más,

falta,

lo mejor, aunque T. S. Eliot haya dicho que es lo que arruina la poesía entera. Porque la urna "silenciosa figura, nos echas fuera del pensamiento a carcajadas/ Tal como lo hace la Eternidad." Porque es parte de la eternidad misma, y

porque, de una manera

u otra,

al pedido de Keats,

quien pretendió sublimar lo sublime,

extrapolar la poesía,

y a quien ningún dios condenó por hybris, la urna le responde

(con los versos odiados por Eliot, tan queridos por mí): "'La belleza es la verdad; la verdad, la belleza', eso es todo/ Lo que sabes en el mundo, y todo lo que necesitas saber."

Y qué feas que quedan las traducciones, no tan equivocadas como las de Clemencia Miró (no lo digo yo solo, eh[3]), pero aun así demasiado cacofónicas en comparación tus arpegios virtuosos. Qué más se puede hacer con estos humanos medios. No sé sublimar lo que ya es sublime, John. Apenas me atrevo a sublimar lo vilipendiado, lo marginal, como mi amigo Baudelaire (cf. Corregido, Jerónimo (2009), El mal de las flores.)


[1] Lord Houghton (1848). Life and Letters of John Keats, London, J.M. Dent & Sons Ltd, p. 31

[2] Los siguientes extractos, se recuerda, fueron traducidos por mí, y fueron tomados de Keats, John (1970), "Ode on a Grecian Urn" en Poetical Works, London, Oxford University Press, p.209.

[3] Cortázar, Julio (2004). Imagen de John Keats, Buenos Aires, Punto de lectura, p. 292,

martes, 9 de agosto de 2011

Picoteando en la grava con John Keats. Parte II




Y que se me perdone la desprolijidad y el haber comenzado la oración incial con un conector coordinante, pero sigo interactuando con John a través del tiempo y el espacio que nos separa: ahí está él sentado en el micro a la salida de los oficios diarios, ahí va caminando por calle 7, ahí entra en un bar y pide un clarete (ese tipo de vino francés del que tanto gustaba y que seguramente escasee en esta parte del mundo). En la tarde nublada de la ciudad meridional de acá veo la nebulosa Londres, tal vez la un poco más alegre Hamsptead, o por qué no la siniestra Tengmouth, donde John vio a su hermano Tom agonizar y escupir sangre mientras la individualidad del poeta se desvanecía. Y cada uno de esos lugares tiene algo de la urna griega que Keats fue imaginando a lo largo de su vida, ese vaso inexistente (se ha comprobado que no existe reliquia de la Antigua Grecia que posea todas las características que Keats le da en su poema, aunque tal vez la urna de la poesía sea una combinación de diversos vasos que John pudo haber apreciado en algún museo) que hace al poema más hermoso de nuestro poeta.
Imagino a John caminando por las plazas de la ciudad y uniéndose a la belleza de los árboles, al pulso del gentío, sólo para luego plasmar todo eso en la vibración de sus versos. Que esta vindicación de la poesía no se transforme en una apoteosis del poeta: no, revisemos la urna griega.
¡Ay! Ante mí ya no hay un mate y una hoja en blanco, sino que se abre un gentío de mujeres reluctantes, ¿de hombres o de dioses, John? ¡Oh, tú, esposa virgen de la calma, tú hija adoptiva del silencio y el tiempo apacible, dime! ¡Háblame! Que me hable a mí también John, tal como te habló a vos y te dijo que la Belleza era la Verdad, y la Verdad la Belleza. ¡Ay de esa bella urna que puede expresar un relato florido más bello que el de nuestros versos! ¿por qué ese gentío heteróclito dejó desolada su ciudad o pueblo de origen? ¿A quién le preguntarán sus calles desiertas, a quién llorarán su melancolía? Ellos no volverán: quedarán sujetos a la eterna urna, al mármol imperecedero. Acá tenemos, John, la melancolía de la belleza eterna. La alegría (Joy) de lo Bello no sería plena si no hubiera un pequeño atisbo de tristeza por lo inmutable.

(Digresión: caminando por las calles de Berisso en la ultraísta hora en que se mezclan las luces de los faroles con las luces de los locales comerciales y todo es un carrusel de humedad y pasos apresurados, se materializó ante mí la tierna escena de una nena que, ajena a la escenografía que la ciudad disponía para ella, jugaba a corretear con un perro lanudo tan desembarazado como ella. Instantáneamente vino a mí John, cuándo no, y no pude dejar de pensar que a él también le hubiera encantado y conmovido esa particularidad tan inocente y, en apariencia, banal. En el segundo mismo en que mi sistema cognitivo procesaba la relevancia de este input, el padre llamó a la nena a la voz de "¡Isabella! Vení para acá." Isabella, señores. Podría haber sido Madeleine, la enamorada soñadora de Prophyro, también, e incluso Cynthia, que es el nombre que Keats le dio a la luminosa Selene, amante de Endymion. John Keats en todos lados, en la vereda, en los nombres, en el recuerdo viviente de los que nunca mueren.

Digresión segunda: la identidad (o individualidad) de Tom Keats, enfermo de tisis, era tan fuerte que John se sentía invadido por ella, tal como relata en una de sus cartas. Vivir con el enfermo lo hacía convertirse en enfermedad misma (recordemos la ausencia de identidad personal en el espíritu del poeta, opuesta a la esponja que es la ya descrita identidad poética). Pues bien, hoy, junto a mi madre y su gripe pasajera, me sentí tan invadido por el estado que ella padecía que creí enfermar yo también. No apunto a una mera hipocondría, sino que intento expresar que sentí la enfermedad, la palé y fui parte de ella. La individualidad de mi entorno me hace ceder y caer, a veces, en un estado de etérea transparencia en que todo me afecta y me vuelve levemente camaleónico (volveré sobre el camaleonismo poético, si John y me despreocupada desproljidad me dejan). No es tu culpa, vieja. Soy yo que también debo tener algo de identidad poética, ya que tan poca identidad personal me queda. Si de a ratos soy Keats, fisicamente desaparecido hace casi 200 años, ¿cómo no me van a afectar los estornudos que ahogás, tan cercanos en el espacio y en el tiempo?

¿Y todo esto es bueno o malo, John?)

Siguiendo con Ode on a Grecian Urn, la urna que nos conmina a su encuentro...

domingo, 7 de agosto de 2011

Picoteando en la grava con John Keats. Parte I




Imposible desprenderme de él. Incluso en la paz de un fernet con soda, en el recreo de Blue interlude y un cuento de Poe, ahí también está John Keats. Todo es John Keats. El canto de los gorriones de Plaza Italia se convierte en el trino de un ruiseñor de Hampstead, el velador se trasmuta en la urna griega que contiene la cacería y el sacrificio que vaciaron de belleza y de gente a algún pequeño pueblo innominado y llenaron de melancolía sus calles por siempre desiertas, a costa de llenarnos de júbilo a nosotros, oh tristes mortales; y eso también es John Keats, el río límpido que baja cantando entre los montes Shelley y Byron.

Como no planeo escribir nada sórdidamente académico, me daré el lujo de demorar el comienzo del texto y de citar sin fuente algo que leí alguna vez en algún lugar y que decía que la literatura se demora tanto en ir al grano que difícilmente exista un texto literario que amerite su extensión. A John le hubiese gustado esa idea, a él que escribió algunas estrofas de más en The Eve of St. Agnes sobre un religioso que hacía sus oraciones nocturnas, estrofas que se ameritan sólo por su belleza y que daban candor casi cinematográfico al comienzo de la aventura poética. Que le pregunten a John si hay apuro en los más de 4000 versos de Endymion. No hay prisa en esto de escribir. Hay que tomarse un tiempo para derrumbar ese espacio que va desde el que escribe hasta lo que quiere escribir, ese espacio que separa a John de esto que soy yo.

Dice Julio Cortázar en Imagen de John Keats que la virtud de los grandes poetas, y de este en particular, es la capacidad menos indefinible que mágica de suprimir las distancias entre objeto admirado y ente admirador, para así fusionarse en una sola cosa que podría denominar en un arranque de atrevimiento "signo artístico", compuesto por las dos caras que son el poeta y el objeto estético (robándole un poquito de definición al gran Saussure. Y hasta en el viejo Ferdinand me encuentro a John Keats. John en la sopa, en la Lingüística, en los vinos que tanto le gustaban a él. Tal vez esa omnipresencia no sea otra cosa que mi capacidad, limitada por cierto, de supresión tanto espacial como temporal de las distancias entre mí y mi objeto admirado, que no es otro que John Keats, John con Fanny Brawne, John con Charles Brown de aventura en Escocia, John muriendo de tuberculosis.) Así tenemos un poeta-ruiseñor, un poeta-melancolía, un poeta-indolencia. La distancia que la fuerza poética derrumba no es otra que la construida por la condición humana: las limitaciones propias del hombre que construye su identidad y se ve estacado en ella, compelido a permanecer dentro de los límites de su yo. La aptitud poética, la Imaginación (deidad primera de John Keats), es la fuerza supranatural que borra las fronteras entre el yo y lo exterior, haciendo del poeta y del objeto poético una unidad (“oneness”, término crucial en el keatsianismo). De esta epifanía cotidiana, vindicación de la sublimación de lo admirable, el poeta vuelve a su propio yo con los saberes y los sentires aprehendidos del objeto que fue parte suya durante un momento de éxtasis. En ese camino de regreso, digo yo, es donde nace la poesía: en el transcurso agridulce de lo que parecería ser una vuelta a la normalidad, pero en realidad es la vuelta a la realidad espuria sólo para tener otra perspectiva de ella, para desautomatizar la percepción (volveré sobre esto, como siempre.)

Dice también Cortázar que decían los estudiosos de John que decía él en sus epístolas que el poeta carecía de identidad o personalidad (de "identity"): los objetos y personas de su entorno lo "oprimían", lo rodeaban. En una carta a Benjamin Bailey que data de noviembre de 1817, escribe: "Los hombres de Genio son grandiosos, tal como ciertos químicos etéreos que operan en la masa del intelecto neutral, pero no tienen individualidad, ningún carácter determinado. Llamaré a aquellos que poseen un propio yo hombres de Poder.[1]" No hay individualidad estática en John, no hay tenacidad obstinada en su identidad. No confundir esto con ausencia de firmeza en sus opiniones o debilidad pragmática; John poseía certezas existenciales irrefutables, hacía de su vida un sendero hacia la Belleza y la Verdad, y su modelo a seguir siempre era el más puro y etéreo, y eso nunca cambió a la largo de su existencia. Con la ausencia de identidad se hace referencia a un espíritu ecléctico[2], capaz de aprehender las sustancias de su entorno que valen la pena, de combinarse con ellas para formar ese signo poético. El espíritu de nuestro poeta era maleable e influenciable: "Si un gorrión viene ante mi ventana, tomo parte de su existencia y picoteo en la grava." Nada más gráfico que este ejemplo, que Cortázar analiza exhaustivamente en su libro sobre John. La presión que el ave ejerce sobre el poeta lo lleva a fundirse, a compartir ontológicamente sus ousías.

En la misma carta a Bailey (esa carta se las trae, si uno pienso que Keats la escribió antes de intentar llevar a cabo las grandes odas de 1819, de las que esta carta parece ser el prefacio), John asegura que “Lo que la imaginación estima como Belleza debe ser verdad, tuviere o no existencia previa.” ¿Ya estás planeando la urna griega? La imaginación, sentido principal en la vida de Keats, que aprehendía la realidad sólo a través de la Fantasía, se empieza a hacer indispensable. Siempre buscando la pureza, la verdad bella y la belleza verdadera, que debían ser una sola cosa, un solo signo. Y aún hay más: John discute que a ese signo sublime se debe llegar a través de los sentires del corazón (“Heart’s affections”), desechando el método científico que propone llegar a la verdad mediante una razonamiento empírico basado en pruebas y en la inteligencia. John relega el valor de los saberes (“O fret no after knowledge/ I have none and yet the Evening listens”) y sublima el sentido de la imaginación como vehículo para llegar a la ambiciosa meta de la verdad y belleza puras. ¿Qué le importa a este espíritu tan dado a lo etéreo la falta de erudición si puede conversar con la noche?

El poeta no tiene identidad de persona, entonces. Y Keats, poeta de poetas, ha de ser el menos individual de todos, el que más se despersonalizó. En eso estamos de acuerdo. Ahora bien, hay que agregarle un dato relevante a esta ausencia de individualidad. El mérito de este descubrimiento es de Cortázar, cuándo no, uno de esos que, como Keats, son tan poco personas y tan poetas que su ausencia de identidad los trae con el viento a esta época a hacerse amigos íntimos de los hombres. Y el descubrimiento consiste en que la identidad de la que adolece el poeta es sólo la personal, como se ha resaltado anteriormente; sin embargo, posee otra identidad, más íntima, más universal: la identidad poética: “la más alta posible, y que consiste en ser aquello que se cante y serlo inconfundiblemente”[3] Ahí es donde surge el poeta-ruiseñor que se ha mencionado antes. Keats es su obra, es su objeto poético, y el objeto poético es Keats. No hay en sus poesías descripción distanciada, sino que hay fusión espiritual, canto desde la cosa misma y no canto a la cosa. John es Endymion y es mito griego.


[1] Lord Houghton (1848). Life and Letters of John Keats, London, J.M. Dent & Sons Ltd, pp. 44-46. La traducción me pertenece, al igual que todas las que siguen (con excepción de aquellas en las que se cita a su traductor).

[2] Permítaseme un digresión: es curioso cómo la palabra “ecléctico” vino a mí no mediante sus propiedades acústicas (significante) y su concepto (significado) en conjunto inescindible, sino que llegó a mi mente sólo a través de su significado. Quiero decir con esto que sabía que en ese espacio que se abría entre “espíritu” y la coma debía ir un adjetivo que representara algo “que está compuesto de opiniones, estilos, o elementos diversos” (según mi humilde diccionario de bolsillo), pero la palabra en sí no aparecía con claridad en su unidad significante-significado. Sabía cuál era, sabía que Pizarnik la había usado en una de sus poesías, pero aún el valor del significante no aparecía ante mí. Esto me causó un gran malestar, como es de esperarse, semejante al de aquel que tiene poderosas ganas de estornudar, pero el estornudo no se digna a manifestar en todo su estruendo. El estornudo está, como estaba el signo de “ecléctico” ahí dando vueltas, pero no está completo: falta una cara de su moneda. La angustia ontológica que esta singular falla en mi derivación lingüística me produjo me llevó a abandonar mis escritos, hundido como estaba en una desesperación afanosa. En busca de la palabra perdida: y ¡zas!, de repente, memoria involuntaria a la vuelta de una página de Proust: ahí estaba, ecléctico, el eslabón que me estaba faltando. Es decir, estaba ahí como también está John Keats a la vuelta de mi casa en cada paseo diario, en un no-estar físico, pero en un estar aprehensible con algún sentido medio oculto, medio azaroso que se despierta cuando tiene ganas y que no creo muy lejana a la inspiración. Sigamos ahora por donde nos habíamos quedado.

[3] Cortázar, Julio (2004). Imagen de John Keats, Buenos Aires, Punto de lectura, p. 562.